The Line

Palíndromo Mészáros





Palíndromo Mészáros – Madrid, 1986


El 14 de Octubre de 2010, a las 12.25 de la mañana fueron liberados cerca de un millón de metros cúbicos de residuos tóxicos tras romperse el dique de contención de uno de los embalses destinados a acumular los deshechos de la fábrica de aluminio de la compañía MAL (Magyar Aluminium) en la ciudad de Ajka, condado de Veszprém, Hungría.

El vertido alcanzó los dos metros de altura e inició una destructiva carrera buscando liberar su energía acumulada, inundando las poblaciones de kolontár y Devecser. El número de víctimas humanas ascendió a nueve, y los daños materiales fueron incalculables, incluyendo la desaparición o deterioro irreversible de innumerables viviendas, la destrucción de infraestructuras y la contaminación de multitud de campos de cultivo. El accidente fue rápidamente considerado la mayor catástrofe ecológica de la historia de Hungría.



























































La ciudad de Ajka, con una población de unos 30.000 habitantes, se encuentra a unos ciento cincuenta kilómetros de Budapest, siendo una de esas ciudades consolidadas durante el periodo comunista como satélite de grandes complejos industriales. La existencia de yacimientos de carbón y bauxita, la convirtió en una clara candidata para dar cabida a los planes de industrialización del país, que durante el desarrollo austro-húngaro se había convertido en el granero del imperio. Ciudades como Ajka, en muchas ocasiones, fueron utilizadas como laboratorio de prueba de los idearios del socialismo, encontrándonos con ejemplos más o menos afortunados de las ideas de vanguardia, con sus bloques de hormigón prefabricado y sus espacios intersticiales ajardinados para dar cabida a la inmigración masiva destinada a trabajar en las grandes fábricas, de cuyo funcionamiento dependía el devenir de la ciudad. Se trataban pues de ecosistemas urbanos ciertamente vulnerables, con una gran dependencia de complejos fabriles destinados a abastecer más allá de las fronteras locales.

Tras la caída del comunismo y agotado este modelo de producción muy condicionado por las necesidades soviéticas, la compañía estatal de aluminio se enfrentó a un futuro incierto. Sin el proteccionismo del anterior modelo de negocio, las viejas factorías, con su maquinaria desfasada, se vieron como una carga para la transición a la economía de mercado y, como ocurrió de manera generalizada con la mayoría de empresas públicas del país, se sometieron a una privatización acelerada por un valor de transacción cuestionable.

Llegados al presente, nos encontramos con una fabrica de tecnología anticuada, cuya renovación no es rentable pero cuya explotación sigue siendo imprescindible para el porvenir de toda una región. Difícil encrucijada para una nación empobrecida, decepcionada al descubrir que la economía del capital no resulta ser el maná prometido y que arrastra el yugo de un desarrollo tardío bajo esquemas políticos y económicos inexistentes hoy en día.

Esta es la Hungría desencantada del siglo XXI, empeñada en mirar al pasado, harta de que ninguno de sus patriarcas extranjeros la salve de su lento desgaste. Tan llena de cultura e historia como carente de expectativas. La Hungría cubierta de restos oxidados, pedazos herrumbrosos de un pasado que es una losa. De diques que se resquebrajan ante la mirada, mitad impotente mitad resignada, de vecinos que se preguntan como puede ser que no ocurriera antes, y que al mismo tiempo rezan porque esto no signifique el cierre de la fábrica.


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