Agroperifèrics

Ignasi López





Ignasi López – Premià de Mar (Barcelona), 1970


Crecí en un lugar agrónomo y periférico que, con el tiempo, se volvía impermeable y urbano. 30 años más tarde empecé a husmear entre los rastros de quienes, por otras razones, habían cambiado tierra por asfalto.

La mayor parte de esa gente se fueron de las áreas rurales hacia grandes zonas urbanas para participar en la construcción y transformación de nuevos territorios. Participaron en el cambio del paisaje y del imaginario identitario de sus hijos. Con el tiempo, algunos de ellos volvían a reconstruir en terrenos permeables sobrantes, creando nuevos lugares agroperiféricos. Esos lugares son a la vez, memoria, representación y transposición de una idea de paisaje que llevan consigo desde muchos años atrás.

“Agroperifèrics” es el primer libro de una obra doble que empieza con un viaje por estos paraísos construidos.





















































“AGROPERIPHÈRICS” visto por Joan Nogué:

Transcurren los años y no deja de sorprenderme y de maravillarme la capacidad que tenemos los seres humanos para crear lugares en los espacios más insospechados que uno pueda imaginar. Crear un lugar es imbuir de alma una porción del espacio geográfico que hasta entonces carecía de la misma: es rellenar de significados, de emociones y de memoria un rincón anónimo y amorfo de este mundo. Esta inmensa y tupida red de lugares que los seres humanos somos capaces de generar es lo que convierte al espacio geográfico en un espacio existencial, geoexistencial para ser más exactos. Los lugares, en efecto, no son simples localizaciones; son, sobre todo, los nódulos experienciales que nos arraigan a un pedazo de territorio. Son un reducto, un refugio, un recinto, un trozo de tierra que interiorizamos, que nos apropiamos de muchas maneras y por múltiples razones.

No es condición imprescindible que estos lugares, que rellenamos de significados y de sentimientos, posean calidad formal alguna ni un valor estético reconocido socialmente. Pueden poseerlos y, de hecho, éste es precisamente el caso de aquellos lugares en mayúscula que nos identifican como colectivo, que llegan a ser referentes y símbolos para el conjunto de la sociedad. No obstante, a menudo, inmersos en nuestra cotidianeidad, creamos lugares en espacios banales, sencillos, incluso marginales, que pasan inadvertidos a la mirada de nuestros conciudadanos. Son importantes para nosotros, pero insubstanciales para los demás.

Los huertos periféricos, periurbanos, que aprovechan de manera espontánea los espacios intersticiales vacíos y dispersos generados por los procesos contemporáneos de metropolización y urbanización difusa y dispersa por el territorio, son un excelente laboratorio para comprender cómo puede crearse un lugar a partir de la nada; y cómo puede llenarse de memoria un receptáculo espacial que aún no la tenía. Seguramente la había poseído, pero las grandes infraestructuras insensibles a las huellas del pasado la aniquilaron, la cuartearon, la volatilizaron. Y, a pesar de todo, la memoria retorna – reconfigurada y reconstituida- de la mano de nuevos actores. Contribuyen a ello los objetos efímeros que disfrutan de una segunda, tercera o cuarta vida y que los nuevos hortelanos utilizan. Utensilios que, desgastados y envejecidos, suelen terminar en la basura o, en el mejor de los casos, en un contenedor de reciclaje que la concejalía de Medio Ambiente del Ayuntamiento de turno pone a disposición de la ciudadanía. ¡Qué suerte la de aquellos objetos que se salvan y contribuyen, así, a proveer de identidad unos pocos metros anodinos! ¿Cuántas vidas han tenido? ¿Quién los utilizó en el pasado? ¿De dónde provenían? Nunca lo sabremos.

Una cierta atmósfera efímera se halla muy presente en esos entornos y refuerza la sensación de campamento, de instalación temporal. Valga la contradicción, he ahí una especie de nomadismo sedentario. Se ocupa temporalmente un retazo de espacio que llega a ser lugar, aunque dicha temporalidad sea indefinida. Podría suceder -y así ha ocurrido en muchas ocasiones- que las infraestructuras vecinas se ampliasen y expulsasen a estos nómadas unos cuantos centenares de metros, pero pronto se reconstituirían los asentamientos. Ocupantes de territorios sobrantes, de retazos espaciales, de desperdicios geográficos, como si fueran estas hierbas y arbustos deshilachados que, por obra y gracia de la naturaleza, echan raíces en las cunetas de autovías y autopistas ante la indiferencia de los automovilistas.

Los huertos marginales, periféricos, espontáneos y efímeros ocupan terrenos híbridos, mestizos, colindantes, en las grietas entre lo construido y lo no construido, entre lo útil y lo inservible, entre lo planificado y lo no dibujado… y desdibujado. Se sitúan en las lindes, en las fallas, en los puntos críticos de confluencia de usos y de miradas a menudo incompatibles. Arraigan en el límite, en los perímetros, en los espacios fronterizos conformados por membranas de geometría variable.

A pesar de que los vemos una y otra vez mientras transitamos y circulamos por estas periferias, son, de hecho, espacios poco explorados, paisajes incógnitos. Los clasificamos como tierras de nadie, como territorios sin rumbo ni personalidad, aunque, en el fondo, ésta no es su realidad. Una fisonomía externa aparentemente desaliñada y, para algunos, deteriorada transmite, a lo lejos, cierta sensación de dejadez y abandono. No obstante, de cerca, las cosas cambian y emerge un auténtico microcosmos, una parcelación funcional y lógica del entorno. Y, sobre todo, emerge un recuperado sentido del lugar.


Joan Nogué

Catedrático de Geografía Humana, Universidad de Girona
Director del Observatorio del Paisaje de Catalunya (www.catpaisatge.net)


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